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Argentina, belleza y miseria

Miércoles 16 de mayo de 2018
Se discute en nuestra Argentina si la inflación, el origen nefasto de todos los males económicos y sociales, es del 15 o 35%. La primera es muy alta, la segunda un horror.
También en el devaneo del tome y daca, los mediáticos políticos no se ponen de acuerdo si hay once o seis millones de pobres; y si en el país de las vacas y de los cereales que producen alimentos para dar de comer a más de 300 millones de personas, de aquella cantidad, sobreviven la friolera de cinco o un millón de indigentes. Todo un despropósito.
La clase de los indigentes pertenece al lumpen de la sociedad que habita la tierra de nadie, donde las fronteras limitan entre la posibilidad de encontrar una changa o delinquir.
De acuerdo a datos oficiales, debido a la crisis nacional, el empleo y desempleo van parejos en lo que va del año. Quiere decir que miles de hermanos consiguieron trabajo, pero lamentablemente otros miles quedaron sin sustento y han pasado a engrosar la larga lista de desocupados. La desocupación, se sabe, es de los peores castigos morales que debe soportar el hombre que quiere trabajar. Del que desea ganar el pan con el sudor de su frente como lo hicieron nuestros padres y abuelos. Ver hombres sin trabajo origina amargura y compasión cuando los vemos recorrer como zombis puertas y portones donde sobresalen fríos carteles con la frase “no hay vacantes”. Lo peor, cuando estos seres de buena voluntad se convierten en pordioseros y obligados salen a pedir limosna, porque la falta de trabajo trae embozada inexorablemente a la hambruna. Saciar el hambre es la primaria necesidad de los animales sometido por el estómago, órgano tiránico y despiadado que exige durante las 24 horas del día ser saciado. De lo contrario, incita a cometer cualquier acto de locura a quien lo padece. Y en la historia de la humanidad sobresalen ejemplos.
Según los filósofos de la evolución, las necesidades nutritivas, las necesidades sensitivas y las necesidades intelectuales constituyen los tres móviles ineludibles a que obedece la naturaleza del hombre. Son los tres tramos que han tenido que ascender para ocupar el lugar entre los primates que le asigna la ciencia. Y este equilibrio moral se diluye cuando la primera necesidad, exigida por el estómago, no es correspondida. Porque el hambre degrada. Sin embargo, ante la actual crisis económica, social y financiera que azota al país, salen a la palestra economistas que ostentaron altos cargos en el Ministerio de Economía de la Nación en gobiernos pasados, prestos a diagnosticar  la situación presente y formular recetas mágicas de lo que debe hacerse como gurúes reciclados sin ayeres. Salvo Roberto Lavagna, nadie se salva. Y habría que preguntarles qué porción de responsabilidad les cupo para engendrar en la Argentina tantos millones de pobres e indigentes. Indignante actitud inmoral que implica falta total de autocrítica y responsabilidad.
En nuestro medio, Tuny Warenycia, en genial poesía que conmueve el espíritu, relata en versos la temática  del hambre. Es la belleza del poema en contraste brutal, y sin respuestas, con la miseria de la hambruna.

Con la garganta atada 
descalza el alma 
y desprovista 
me interno quebradiza 
por el pantano esperma-crónico 
de la pobreza. 

No hay discurso ni silencio 
que soporte las hendiduras del 
hambre pena vieja 
que es vieja 
por vieja 
y por costumbre. 

Pan a secas 
abrigo a diario
a papel 
digo de los diarios 
cuando el sol 
en julio es siempre poco 
y en diciembre
es un tambor batiente
sobre el cuerpo calcinado 
y ondulado de las chapas.

Pedigüeños para nada 
adormecen en la esquina
 su línea de montaje con: “Algo para
dar” o “tenés para mi pan”.

Pregoneros sin espanto 
del espanto ajeno. 
Guerra de guerrillas ciudadana 
peleando esta media cuadra 
esta media plaza
esta décima parte de lo que descarta
la vida. 

(Y calzo el alma, 
desato el nudo de mi garganta
y continúo muda)


Por Rubén Emilio García 

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