La terminal de Posadas y las milanesas

Domingo 10 de junio de 2018
Un viejo amigo bastante oligarca no podía entender cómo las empresas aéreas hacen negocio, hasta que un día se levantó para ir al baño y en lugar de buscarlo adelante corrió la cortina de atrás y descubrió que el avión estaba lleno de gente. Es un chiste que entienden los que viajan en avión, donde todavía comparten la cabina pasajeros de primera y de segunda.
Debo confesar que una vez me tocó viajar en la primera clase de un jumbo de Iberia; fue por gentileza de la compañía que me hizo el upgrade de un pasaje de clase ejecutiva entre Madrid y Guayaquil. Iba solo, en la punta misma del avión y durante todo el viaje tuve la sensación de que en cualquier momento chocaba contra algo. Para colmo dos azafatas no dejaron de incordiarme preguntando si estaba cómodo, si necesitaba otra manta o si quería algo para tomar.
No se puede creer pero todavía hay gente que paga el doble o el  triple del precio del pasaje solo para que le sirvan un sanguchito de miga y un alfajor. Es cierto que los viajes largos se agradece la clase ejecutiva, pero hay que tener mucha espalda para pagarse un pasaje a veces hasta cinco veces más caro solo para sentarse en un asiento un poco más cómodo. La mayoría de esos pasajes eran pagados por empresas o por el estado, pero la sensibilidad actual ya no lo entiende como antes y hoy tienden a desaparecer para los viajes cortos porque a nadie le parece lógico pagar fortunas por una comida de astronauta o por salir 30 segundos antes del avión.
Viaje por viaje no hay paz como la del colectivo cuando acaba de salir de la terminal. No importa la clase ni el destino, basta con recostar un poco el asiento y olvidarse del mundo. Unas horas –más o menos, tampoco importa– en las que no hay nada que hacer. También en los ómnibus hay diferentes clases que dependen del precio, pero por suerte no se comparten en el mismo vehículo, así que nadie te mira pasar con cara de asco desde la primera clase. Los buenos ómnibus que hacen viajes largos tienen casi  las mismas comodidades de mi viaje en el mascarón de proa del jumbo de Iberia, solo les falta un poco de calidad en el catering y bastante buen gusto: nada grave.
Viajar en tren era también una delicia, pero por culpa de un presidente capicúa y sus secuaces, no los tenemos más. Es una de las señales más tremendas de nuestra manía de igualar para abajo. Piense nomás que hace 70 años eran más  rápidos y seguros que los pocos que circulan hoy en día. La vuelta de los trenes será señal de nuestro regreso al mundo civilizado y al progreso con desarrollo, pero mejor volvamos al cole y a la terminal de Posadas.
Hace ahora 20 años se levantó la terminal de su antiguo emplazamiento en la intersección de las avenidas Uruguay y Mitre, así que no fue hace tanto tiempo que los ómnibus entraban hasta el mástil. En 1998 se inauguró la nueva  terminal en Santa Catalina y ruta 12 y hoy ya quedó chica y a trasmano a causa del crecimiento de la ciudad. Fue una buena idea acercarla a la  ruta, pero la pusieron en el lado equivocado: la mayoría de los  ómnibus salen y entran de Posadas por donde se va a Misiones y Buenos Aires. Además todo parece indicar que no previeron las obras que se harían en los accesos a la ciudad, incluyendo el by pass del Arco a Garupá.
O quizá lo previeron y proyectan en un futuro no tan lejano cambiarla al lado bueno, cerca de los nuevos ingresos, en alguno de los cuantiosos terrenos que quedaron en la rivera del Paraná, desde el puente San Roque González hasta la antigua Garita. En Miguel Lanús hay varios posibles emplazamientos pegados al Acceso Sur y a las vías del tren, que resultan mucho más cómodos para los pasajeros y para la entrada y salida de los ómnibus de la ciudad. Además el tren podría tener allí mismo una estación (hoy van a Encarnación, pero esas vías llegan hasta Buenos Aires y Asunción). La terminal sería un complejo para ómnibus y ferrocarril de buenas dimensiones para la Posadas del futuro, rodeada de parques y no en el medio de la ciudad.
De paso –y hablando de la terminal– le cuento que un día que salía a Corrientes y apretaba el hambre le pregunté al que me vendía el boleto dónde podía comer algo rico. Me miró con cara de contarme un secreto y me dijo: “abajo venden las mejores milanesas de Posadas”. Tenía razón.

Por Gonzalo Peltzer
gpeltzer@elterritorio.com.ar

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