Jaque del triste

Viernes 14 de septiembre de 2018
En un rincón del bodegón un poeta jugaba en soledad al ajedrez. Llegaba cada noche, abría su tablero, desplegaba las piezas, y se abocaba a las profundas cavilaciones de lo blanco y lo negro, colores fatales. Permitía a veces que me le acercase en silencio (cuando le servía su copa habitual) a fisgonear las configuraciones de jugadas intrincadas, inaugurales planteos alejados de toda partida vulgar. Nunca se le había visto siquiera una mueca de sonrisa pero cuando dejó de pensar en libertad, cierta aflicción le agobió la mirada y la mano se le volvió torpe; tumbaba cada tanto una pieza, herejía ajedrecística. Todo fue volviéndose en él ansiedad de noche, refugio de olvido y borrachera. Sabía lo que le aquejaba, conocía la naturaleza de su mal e intuía el desenlace. Frente a su vaso de ginebra confesó hace dos días: “El costillar es la luminosa jaula de mi corazón, y debajo - como manada hambrienta de hienas y chacales - siento el aullido de las tripas impuras que quieren comérmelo, y cómo pugnan sus garras inmundas por abrirle un tajo al diafragma que las separa de la presa. El esfuerzo bestial fue vano pero algo ha ocurrido: un monstruo ha logrado instalárseme en los bordes de la jaula y desde entonces se abate sobre mi espíritu una angustia de agonías insomnes. La larva de una ameba negra va creciendo allí tan viscosa como un tejido visceral, clava las garras de sus tentáculos en mi pecho y en mis pulmones, me desangra, me asfixia. Se enseñorea en la oscuridad de las cavernosidades laberínticas (“siento” los lentos movimientos del monstruo) y se acerca a la honda catacumba horadada en la roca donde resiste el Guardián que hace sonar día y noche el tambor de mis latidos, acechándolo, esperando que lo venza el sueño para devorarlo...”. Aquel poeta, jaqueado por las pesadillas de la tristeza, ya no volvió al bodegón.
NdR: Contado por el mozo.

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