Tomás

Domingo 9 de septiembre de 2018
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

Cerca de las 11 de la noche del 14 de mayo, antes de llegar a Candelaria, un caballo que venía en sentido contrario por la autovía de la ruta 12 se metió adentro del Citroën C-Elysée nuevo de Tomás Kikúe. Tomás y Chachi Hoster volvían a Jardín América, como casi todos los lunes a la noche. Venían juntos a un curso de formación cristiana y muchas veces terminaban la jornada comiendo unas pizzas con amigos en el restaurante De Pipo de la avenida Lavalle y Santa Cruz. Aquel lunes debían ser las diez y cuarto de la noche cuando Tomás se levantó de la mesa junto con Chachi para poner rumbo a Jardín. Solo había tomado gaseosa y algo de pizza. Los demás se quedaron conversando todavía un rato, hasta que los sorprendió el llamado de un oficial de policía desde el celular de Chachi.
El auto viajaba a 80 kilómetros por hora cuando el caballo apareció de frente, asustado, corriendo al lado del muro de separación. El golpazo fue brutal del lado del conductor, justo en la cabeza de Tomás, a la altura del ojo izquierdo. Fuera de control, el Citroën terminó destrozado en la banquina y el caballo cortado en dos pedazos. Cuando consiguieron sacar a Tomás del auto nadie daba nada por su vida, pero resistió y llegó vivo al Hospital Madariaga de Posadas. Los audios de la policía de aquella noche lo daban por muerto. Chachi, en cambio, tenía heridas menores producto de los vidrios del auto y del golpe, pero en el calor del accidente ni lo notaba.
Resistió dos meses enteros en coma inducido, primero en Emergencias y luego en Terapia Intensiva del Madariaga. Era el mejor lugar para un accidentado en ese estado en todo Misiones. El Madariaga tiene buena tecnología y buenos médicos, pero también hay caranchos por todos lados. La obra social se hizo la ñembo desde el primer momento y los caranchos revoloteaban alrededor de cada nuevo insumo, válvula, antibiótico o tratamiento más o menos complicado. El calvario no era solo para Tomás sino para su familia y sus amigos que hicieron todo lo que podían... y pudieron. El 1 de junio Tomás se despertó, pudo respirar y comer por sus propios medios; también hablar, pero eso no es tan importante para un japonés. Y siguió mejorando con altibajos hasta que el 14 de julio, justo dos meses después del accidente, le dieron el alta para que se vaya a su casa. Todos bailábamos.
Tomás era flaco, austero, trabajador y callado, como buen japonés. Había nacido el 21 de agosto de 1963 y dejó por primera vez el monte misionero cuando se fue a estudiar a La Plata, donde terminó la carrera de Contador. A poco de volver se decidió a buscar novia en modo japonés. Así encontró a Estela, que como Tomás era japonesa y quería tener muchos hijos, pero se tuvo que ir a buscarla al Paraguay. Tuvieron trece, tan japoneses como ellos y más misioneros que la mandioca. Sus padres –viven los dos– nacieron en Japón y emigraron a Misiones. Techan, el hijo menor, tiene seis años; el mayor, Leonardo, apenas 25. En  Jardín todos conocen a los Kikúe, porque viven allí de lo que produce su chacra y su aserradero hace ya muchos años y porque Tomás era un hombre bueno, querido, amigo de todos. Ayudaba a quien se lo pidiera y te daba lo que tenía y lo que no tenía lo conseguía, aunque fuera con un cheque a fecha. Su afán por ayudar a todos lo llevó a ser candidato a Intendente de Jardín América en 2007. Aunque no se le notara de puro japonés, me consta que era cariñoso, gran amigo de sus amigos y de un humor muy sutil. También era un tipo feliz, quizá porque era un buen cristiano, transparente y generoso.
La alegría duró poco. El 24 de julio trajeron de nuevo a Tomás a Terapia Intensiva del Madariaga por una descompensación. La vuelta al hospital fue fatal. Además de luchar y superar una por una las secuelas del accidente, Tomás tuvo que pelear contra los virus intrahospitalarios que se le metieron en el cuerpo como unos alien implacables y lo fueron degradando hasta dejarlo indefenso. El martes pasado Tomás murió por efecto de una bacteria mutante de nombre imposible que resiste a los antibióticos y que entra en el cuerpo por los mismos medios que se usan para curar. El jueves lo enterramos en Jardín América. Todo el pueblo lo despidió al verlo pasar hacia el cementerio; y todos lloramos, pero nadie estaba triste.

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