Desobediencia vial

Domingo 4 de noviembre de 2018
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

No es la primera vez, ni será la última, que escribo sobre el suplicio de viajar por las rutas argentinas, especialmente por las de Misiones y Corrientes, que son las que más trajino. Tengo que suponer que es una entidad diferente la que hace las rutas de la que pone los obstáculos, porque si no no se explica la contradicción: hacen una autovía para entrar y salir más rápido de Posadas y después le ponen obstáculos para que sea más lento entrar y salir de Posadas. ¿Usted lo puede creer? Que no se quejen después los que gobiernan si el pueblo (los votantes) está convencido de que las obras viales se hacen para robar y no para invertir en la infraestructura que necesitan el país y los contribuyentes.
Es literalmente imposible cumplir con las normas de tránsito en las rutas de Misiones y de Corrientes (posiblemente también en el resto del país, pero no las conozco tanto como para afirmarlo tan rotundamente). Compruébelo usted mismo; pero mejor que lo prueben los funcionarios de Vialidad Nacional y Provincial: se van a convencer solos cuando pasen las que pasamos los comunes mortales que tenemos que sufrirlas y además cargamos con las multas completamente injustas que nos ponen.
En la autovía construida por la Dirección Provincia de Vialidad sobre la traza de la ruta nacional 105 (desde la antigua Garita al arroyo Vera), en la que se podría transitar sin problemas a 120 o 140 y hasta 160 kilómetros por hora, está prohibido viajar ¡a más de 60 kilómetros por hora! ¿Para qué hicieron una autovía si ni siquiera se puede pasar un camión? El viernes intenté hacerlo siguiendo las indicaciones de la velocidad: en seguida me pasó una pick-up de la mismísima Dirección Provincial de Vialidad, pero también me pasaron camiones y colectivos y me convertí en un peligro para el resto de los vehículos por ir tan despacio. Nadie cumple las leyes, hasta que ven, tarde, el furgoncito del radar-foto que pone multas. Entonces todos frenan y provocan más peligro todavía. Y una vez que lo pasan, vuelven a acelerar, pero ya es tarde: se llevaron la multa puesta.
Lo mismo pasa en las otras rutas de Misiones. En ellas, de repente y sin un motivo lógico, un cartel obliga a bajar la velocidad a 60, 40 o 20 kilómetros por hora y lo más curioso es que no hay carteles que indiquen el fin de la prescripción, así que, si usted quiere cumplir las leyes, tiene que viajar durante unos cuantos kilómetros a 60, 40 o 20 por hora, hasta que se encuentre con otro cartel que indique otra estupidez. Para colmo resulta que de la imposibilidad de bajar la velocidad en trechos tan cortos se abusan las foto-multas: a pesar de que deben anunciarse, no lo hacen más que con un conito descolorido pegado a un utilitario que simula un auto cualquiera parado en la banquina, colocado para atrapar desprevenidos en una curva o una arribada. Lo que seguro se nos pasó cuanto nos topamos con el francotirador es el cartel de máxima 40: más despacio que Mbapé por el wing derecho de la cancha.
Hay un solo modo de no caer en la trampa: hacer todo el viaje a 50 kilómetros por hora para darnos tiempo a frenar si aparece el de máxima 40. Un viaje de Posadas a Iguazú será como de siete horas, contando las veces que hay que parar en los retenes de las fuerzas de seguridad. Las foto-multas ya no sirven para reducir la velocidad sino para ejercer el minuto de poder: jorobar al prójimo para mostrarle quién manda. Y las de los municipios por los que pasan las rutas están para pescar incautos que las pagan: son a todas luces ilegales, pero lo siguen haciendo porque es negocio para un abogado del pueblo compinchado con el intendente. Y para jorobar están también los lomos de burro, las tachuelas, los semáforos para nadie, los retenes de la Policía Federal y Provincial y de la Gendarmería que ralentizan la marcha hasta hacerla insufrible. Al final, los que cumplen las leyes no serán los buenos sino los que malgastan su tiempo, que es lo más preciado que tenemos los seres humanos y lo que menos nos sobra a los argentinos.
Por todo esto –y a riesgo de que me denuncien por hacer apología de la contravención– propongo el sistema que sirvió a Mahatma Gandhi contra los abusos de las leyes coloniales inglesas: la desobediencia vial. Ya lo están haciendo las empresas de ómnibus contra los abusos de las terminales. Revelémonos contra la estupidez para que la estupidez se termine.

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