Un presupuesto de juguete

Domingo 22 de septiembre de 2019
Marcia Dell’Oca

Por Marcia Dell’OcaLa Política Online

El proyecto de Ley que Hernán Lacunza presentó en el Congreso peca del mismo exceso de optimismo que los anteriores elaborados por la gestión de Macri. Contra una caída del PBI del 1,2% promedio esperada por el sector privado (-1,1% en la mediana), el borrador de la Ley de leyes postula que el año próximo la economía crecerá 1%. No son moco de pavo 22 décimas de diferencia en la trayectoria de una economía y menos cuando son la diferencia entre seguir cayendo y volver a crecer.
En este caso, son la diferencia entre tomarlo como punto de referencia o descartarlo de plano: FMI, calificadoras de riesgo, consultoras, académicos, bancos y la gente de a pie no lo toman en serio ni por su contenido ni por sus antecedentes. Y me animo a decir que ni los funcionarios que lo defienden, porque para ellos es más bien un formalismo: saben que están de salida y que el Congreso en breve aprobará otra Ley de Presupuesto y no la que presentaron.
Si bien Lacunza le planteó a Macri un horizonte sustancialmente más negro que su antecesor, el grueso del cuerpo técnico de Hacienda siguen siendo los optimistas de la revolución de la alegría, los que subestimaron todos los semáforos en rojo de la macroeconomía con déficit de cuenta corriente récord en 2017, bola de nieve de Lebacs, etcétera. No es culpa de Lacunza que la fecha límite para la presentación del proyecto de Ley de Presupuesto cayera a dos semanas de su nombramiento.
Basta recordar que, de acuerdo a las metas originales de Macri, con Struzenegger y Prat Gay para 2019 la inflación iba a ser del 5% (+/- 2) y el déficit del 0,2% del PBI y la economía a partir de la segunda mitad de 2016 iba a romper con el serrucho iniciado en 2011 de crecer solamente en los años impares fogoneada por el gasto público para luego contraerse en los años pares. Por el contrario, iba a crecer todos los años a un ritmo moderado del 2% anual mínimo... a partir de un segundo semestre que nunca llegó.
En efecto, el serrucho se rompió, pero no de la forma virtuosa. En 2019 la economía se contraerá cerca de un 2,6%. Hay que irse hasta 2009 (-6%) para encontrar otro año impar con caída del PBI, de acuerdo a los datos revisados del Indec de Jorge Todesca.
Esta ruptura viciosa ya estaba contemplada en la Ley de Presupuesto 2019. Se trataba de una caída del 0,5% producto del arrastre estadístico del año previo, pero con crecimiento a partir del segundo trimestre. Ya antes de que se terminara ese período, en junio, el Avance del Presupuesto había corregido la caída al 0,8% anual porque el crecimiento se postergaba para el segundo semestre aunque la economía ya había hecho piso y un vez más volvían los “brotes verdes”. Tres meses más tarde se espera que el año cierre con un retroceso del 2,6% adicional respecto de un 2018 ya recesivo.
Es decir que a lo largo de todo el mandato de Macri la economía debería haber crecido un 9,8% de acuerdo a los Presupuestos anteriores (3%, 3,5%, 3,5% y -0,5%) y, sin embargo, creció apenas 0,96% a precios constantes. Pero, por alguna razón, el año que viene sí pasaría a crecer 1% anual.
Con este nivel de acierto en sus proyecciones, es lógico que se desconfíe de los lineamientos que postuló Lacunza en el Congreso; y también es coherente que no se lo tome por referencia, o solo se lo considere el más optimista de los pronósticos, como propuso un funcionario de Hacienda.
En el modelo del Ministerio de Hacienda, la inversión pasa de caer un 23,4% a una módica caída del 4,9% gracias a que en los últimos trimestres llega a crecer arriba del 20% anual. Esto difícilmente sea el caso: con dos de cada cinco máquinas paradas y un crecimiento anual del 1%, es prácticamente imposible que la industria llegue a un nivel tal que necesite nueva maquinaria para incrementar la producción; tampoco es factible que se dinamice la construcción -el otro componente de la inversión privada- luego del cepo que impide que se realicen transacciones inmobiliarias. En estos dos puntos reside el grueso de las diferencias con los modelos econométricos privados.
En este sentido, el Presupuesto presentado parece más a un “juguemos a ver cuánto podría traccionar el sector privado con viento en popa” más que un ejercicio de ver cuáles son los incentivos y las condiciones macroeconómicas que podrían generar esa tracción.
Por el lado del gasto público tampoco hay margen para generar crecimiento. Con el 20% de los ingresos fiscales ya comprometidos al pago de intereses de deuda, Moody’s por ejemplo proyectó que la economía argentina terminará este año cayendo 3,8% y el año próximo lo hará al 1,5%. Si el próximo gobierno decidiera que fueran menos los pesos destinados al servicio de deuda, debería lograr una renegociación fuerte y rápida de la deuda de mediano plazo con el sector privado. Es que al fin y al cabo, para que no sea más de un peso cada cinco ya el borrador de Lacunza asume que el próximo presidente conseguirá postergar los pagos de la deuda con todos los organismos internacionales menos el FMI.
La inflación es un capítulo aparte en el que el equipo económico de Macri se ha comportado como un subestimador serial. Basta recordar que en la fatídica conferencia del 28 D de 2017, a solo un día de aprobada la Ley de Presupuesto Nacional 2018, el gobierno sostuvo que la meta sería del 15% en 2018 (lo que coincidía con el centro de la banda de 12 a 17% prevista para 2017), la de 2019 sería de 10% y para 2020, de 5% (originalmente prevista para este año). Un año después y con todas las proyecciones descalabradas, estimó en el Presupuesto 2019 que la inflación sería del 23% y terminará cerca del 55%, de acuerdo a los privados.
El proyecto de Ley enviado al Congreso supone que el año próximo el superávit fiscal primario será del 1% del PBI -en línea con lo comprometido con el FMI-, cuando ya este año el “déficit cero” de Dujovne pasó a ser del 0,65% de acuerdo a las estimaciones del sector privado. Sin embargo, en Hacienda sostienen que podrán sobrecumplir “un poquito” con el Fondo respecto del 0,5% de déficit haciendo uso pleno de los ajustadores.
Decir 1% de crecimiento del PBI y 1% del PBI de superávit primario, implicaría que el Estado nacional se apropie de todo lo que el país produzca el año próximo por encima del nivel de 2019 y que además lo ahorre para cancelar deudas y hacer así que la deuda externa pase de ser del 85% del PBI al 84%, si no se desbanda el dólar nuevamente. En otras palabras, implica que el consumo público se mantenga estable en términos reales a partir de este tercer trimestre -tal y como lo postula Lacunza, con un caída 3% anual- y que el sector privado genere un excedente del que no se va a apropiar. Es un “ustedes produzcan más, para llevarse prácticamente lo mismo” que difícilmente motorice la expansión en un peculiar contexto de cepo con valorización financiera como el que supone el Presupuesto.

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