Cada vez muere más gente por obesidad que por accidentes de tránsito

Jueves 6 de diciembre de 2018 | 01:00hs.

Los datos obtenidos por la Organización Mundial de la Salud coinciden con los del Instituto de Métricas de Salud y Evaluación (IHME): la obesidad, los ataques al corazón y otras enfermedades no transmisibles, debidas principalmente a nuestros hábitos de vida, son la principal causa de muerte en todo el mundo.

Mucho más, incluso, que las enfermedades infecciosas o los accidentes de cualquier tipo. Las cifras de este tipo de enfermedades las ponen en cabeza entre las epidemias mundiales. Las enfermedades respiratorias, la diabetes o los problemas neurológicos han escalado el ranking de las principales causas de muerte, desde los años 90. Y nada apunta a que la cosa vaya a cambiar para mejor.

¿De qué morimos?

Según el Global Burden of Disease o GB, un índice elaborado por el IHME, las principales causas de muerte en 2017 a nivel mundial fueron: los problemas del corazón, el cáncer, las enfermedades respiratorias, los problemas neurológicos y la diabetes; por ese orden.

Mientras que las enfermedades cardiovasculares representan la muerte de 233 personas por cada 100.000 al año, la diabetes ronda las 35 personas por cada 100.000.

El cáncer supone 125 muertes por cada 100.000. Con todo, los neoplasmas (el cáncer) y las enfermedades cardiovasculares representan más del 50% de las muertes totales contabilizadas hasta la fecha.

Estos datos, como decíamos, están avalados por la OMS, quienes presentaban hace poco un informe al respecto. En él se recogen todos los datos obtenidos de manera independiente desde 2005. La OMS coincide con el GBD: las principales enfermedades que nos están matando no son transmisibles. Son las cardiovasculares y el cáncer.

En comparación, los accidentes de tráfico, laborales, asesinatos, conflictos armados y otro tipo de lesiones fatales suponen, en suma, solo un 8% del total. Es decir, las muertes relacionadas con nuestra alimentación y hábitos de vida matan casi seis veces a más personas que los accidentes y las acciones deliberadas para matar a alguien.

Aparte de las enfermedades respiratorias, que siguen en el cuarto puesto, según el GBD, tenemos que bajar en la lista hasta el décimo puesto, con 23 muertes por cada 100.000, causadas por las enfermedades entéricas (diarrea, colitis, gastrointestinales severas, etc.).

El VIH se encuentra en un decimocuarto puesto, con 14 muertes por cada 100.000, mientras que la malaria está en un 9 de cada 100.000. Si nos vamos al final de la lista de la GBD, encontramos el abuso de drogas (5 de cada 100.000), la malnutrición (4 de cada 100.000) y, en el último lugar, los desórdenes mentales (0,0043 de cada 100.000).

¿Dónde quedan las muertes violentas? Estas están en el puesto decimoprimero, con 18 personas por cada 100.000, seguidas inmediatamente de los accidentes de coche (17 de cada 100.000). De hecho, las acciones violentas y los accidentes están por encima de que la mayoría de enfermedades infecciosas. Entre estas causas se cuentan los asesinatos y crímenes, la guerra o los actos terroristas.

Sin embargo, comentan en Xataka que todas estas causas, quedan muy por debajo de las causadas por las enfermedades no transmisibles. Es curioso observar que "la intención de matar a los otros", en un cómputo global no causa ni la quinta parte de las muertes ocasionadas por la dejadez de matarnos a nosotros mismos, grosso modo.

En el año 2000, más de 13 millones de personas moría por culpa de una enfermedad relacionada con el corazón. En 2016 la cifra alcanzaba los casi 16 millones. Las muertes debidas a problemas cardiovasculares están, desde hace más de 30 años, en la categoría principal de "asesinos de la humanidad". No por nada, la OMS la considera la mayor epidemia que existe.

Por el contrario, desde 1990, las enfermedades infecciosas, así como los accidentes de tráfico y la violencia han ido bajando puestos. La diabetes, la cirrosis, diversos cánceres y otras enfermedades metabólicas han ido escalando puestos, a su vez. Esto nos pinta un cuadro curioso.

Según los datos, parece que hemos mejorado nuestra seguridad vial, hemos reducido los conflictos violentos (locales y generales, como las guerras) y hasta hemos mejorado el control de las bacterias y virus infecciosos. Sin embargo, estamos fallando en una asignatura importantísima: cuidarnos.

Y esto se ve en las estadísticas: cada vez son más las muertes debidas a este tipo de problemas asociados con los hábitos de vida. Por supuesto, los números hay que entenderlos en su justo contexto. Ahora hay más seres humanos que hace 30 años. También tenemos mucha más información al respecto de las defunciones. Pero el conjunto global está claro y muestra un hecho imperturbable, que las principales causas de muerte somos nosotros mismos.

Para justificar una afirmación que dice que somos nuestro peor enemigo solo hay que mirar las causas de las enfermedades no transmisibles que acaban con 41 millones de personas al año. Para la OMS, este tipo de problemas de salud tienen gran parte de su origen en el tabaco, el sedentarismo, el exceso de sal y sodio, el alcohol y la actividad física insuficiente.

Estos factores ayudan a desarrollar un aumento de peso, que provoca problemas cardiovasculares, respiratorios y/o diabetes. También puede causar problemas metabólicos o desencadenar un cáncer. El principal factor de riesgo metabólico es el aumento de la presión arterial, al cual se le atribuyen el 19% de las muertes a nivel mundial.

Con un cambio de hábitos de vida podría reducirse la muerte de millones de personas. Entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, la OMS promueve la prevención y la educación como las mejores herramientas para entender que, a pesar de que cada vez hay menos muertes (relativas), nuestra forma de vivir sigue siendo la principal causa de enfermedad mortal en el mundo.

Si hemos conseguido aprender a conducir mejor y tener menos accidentes, le damos más importancia a la higiene y usamos más razonablemente los antibióticos, ¿por qué no probamos a dejar de ser nuestros peores enemigos? La razón es difícil de dilucidar, a pesar de los esfuerzos de la OMS y la cantidad de dietistas nutricionistas, médicos y biólogos que andan persiguiendo la respuesta.

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