De verdades e interpretaciones

Domingo 22 de septiembre de 2019
“La empatía tiene un origen biológico”, sostuvo el psiquiatra.
A la vista de las investigaciones actuales, decir que algo es más claro que el agua es un mito, al menos una equivocación. Marcelo Ceberio, psiquiatra argentino y doctor por la Universidad de Barcelona y por la Universidad Kennedy, advierte en el libro ‘Qué digo cuando digo’ sobre el peligro para nuestra vida pública y privada de creernos que todo es tal cual lo dicen y tal cual lo oímos. En una entrevista reciente con Clarín, aclara sobre cómo funciona la comunicación entre personas para conocerla mejor.

Su libro habla de la comunicación y las fallas de la comunicación humana, pero sobre todo trae un concepto fresco, la metacomunicación. ¿Podría desarrollarlo?
El concepto afirma que hay que comunicar sobre la comunicación, nivel “meta”, es decir, que la metacomunicación sirve para aclarar cualquier malentendido. Esto es importante porque muchas veces la mala comunicación tiene que ver con la interpretación equivocada de gestualidades, ciertas sintaxis que yo llamo “borderlines” (esas que pueden ser interpretadas de forma negativa o positiva de acuerdo a la entonación que se les dé).
Por otro lado, la metacomunicación sirve para aclarar supuestos; los seres humanos nos inclinamos a tomar por verdades incuestionables nuestras interpretaciones personales. Es decir, construimos una suposición sobre algo que el otro dijo o el gesto del otro acerca de algo y, antes que preguntarle, nos quedamos con el supuesto y actuamos en consecuencia. Y además, aunque parezca una verdad de perogrullo, hay que darle crédito o fidedignidad a lo que dice el interlocutor: porque hay muchas personas que a pesar de todo, siguen y siguen perseverando sobre su propio supuesto y no quieren corregirse.

¿La metacomunicación es la fórmula estrella para entendernos mejor?
Absolutamente. Cuando nosotros escuchamos el enunciado del otro, la estructura lingüística, respondemos desde nuestro sistema de creencias y nuestro reservorio ideológico. Y el otro hace lo mismo con nosotros, por eso repreguntar sobre el sentido del enunciado, ayuda.

Usted remarca en su libro la importancia del contacto físico, en especial de los abrazos, para mejorar la salud emocional y real. ¿Estamos necesitando en nuestra sociedad abrazarnos más?
-Sí, por supuesto: somos seres relacionales. Hace 150 mil años, tanto el Austrolopitecus como el Sapiens, a través del descubrimiento del fuego, no sólo evolucionó debido a que pasó a cocinar sus alimentos y con ello a padecer menos las inclemencias del frío. El fuego también implicó reunirse: una ronda alrededor del fuego, como en los fogones actuales, donde se comparte el calor, la luz y los alimentos, los rituales. Esa sociabilidad le posibilitó al hombre tener una mayor actitud de contacto; ahí nacieron los primeros guturalismos y las expresiones físicas.
Es un poco como cuando los argentinos nos reunimos y tomamos mate, nos miramos a la cara y conversamos. Estamos formados por cinco elementos, como todas las criaturas, tierra, aire, agua y fuego, pero hay un quinto elemento además, que es el amor. Y en el sentido comunicacional, las relaciones amorosas son manifestadas por el lenguaje no verbal, el lenguaje de los gestos, de las acciones.
De aquí que el abrazo como manifestación de amor sea tan valioso. Además de que es una fuente de oxitocina, una hormona segregada por la hipófisis, llamada la hormona del amor porque es aquella que viven los padres cuando están embarazados y que el bebé y la mamá experimentan en el parto. También aparece en el abrazo la serotonina, que es la hormona del bienestar y la confianza: cuando hay confianza, cuando uno es confiable, es oxitocínico y serotoninérgico.

¿Qué podemos hacer para ser más empáticos o por así decir, oxitocínicos?
La empatía también tiene un origen biológico muy importante. Las neuronas-espejo, las de la empatía, también se pueden estimular ejercitándolas. Nosotros en las técnicas sistémicas en psicoterapia, por ejemplo, hacemos algo que se llama “hablar el lenguaje del paciente”, porque cuando el paciente se siente empáticamente comprendido, genera neurotransmisores bienhechores, sanadores.

¿Hombres y mujeres necesitamos con urgencia hacer conscientes nuestras diferencias emocionales y psicolingüísticas para tener relaciones más gratas?
Este tema está en el candelero, es controvertido, y sucede que a veces lo político distorsiona lo científico. Esto pasa con la sexualidad, en nosotros, cerebralmente o biológicamente, la polaridad es masculino/femenino pero en cuestiónes de género hay 20 categorías diferentes. Hay un cerebro masculino y un cerebro femenino, y después cada uno de acuerdo a su género unirá o se separará de ciertas características. Lo cierto es que en el mundo heterosexual hay diferencias en el modo que tenemos de manifestar emociones y de expresarnos. Por ejemplo, las mujeres tienen una mayor capacidad de habla ya desde temprano, tienen muchas más neuronas en los centros del lenguaje, y desarrollan el habla con más vocabulario que el hombre.
A medida que las chicas crecen, pasando la adolescencia, esta habilidad se equipara con la del hombre. Al final, la testosterona en el hombre lo vuelve mucho más rudimentario en sus expresiones, mientras que la progesterona y los estrógenos parece que dinamitan y hacen explotar el lenguaje en las mujeres.
Es necesario darnos cuenta de esto, ya que hay unos 8.000 vocablos que cotidianamente habla una mujer contra los 5.000 del hombre. Yo por eso siempre digo que cuando se juntan los dos después de trabajar, a la noche, en general las mujeres vienen a hablar y a contar con sus artilugios verbales, con su memoria prodigiosa -porque tienen además un centro de la memoria más vasto-, y el hombre en general responde con sonidos guturales: ajá, ejem, mmm, etcétera. Ese guturalismo se debe a que el hombre se le agotaron los 5.000 vocablos.

¿Dónde aprender sobre nuestras diferencias de género? ¿Habría que impulsar la formación de talleres en ese sentido?
Deberían existir talleres que explicaran estas diferencias de género y estas diferencias de cerebro, en manos de neurocientíficos, de docentes, de médicos y de psicólogos. Pero no sólo desarrollarlas en la escuela, sino también hacia los padres. Sí es necesario que los adultos en general tengan lugares donde discutir esto, allanar preguntas, poder aculturarse sobre el tema. Porque si sólo se hace en las escuelas, cuando los chicos regresan a las casas con estos nuevos conocimientos, suelen tener un choque intergeneracional con sus padres, bastante importante.

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