El bastón de oro

Domingo 24 de mayo de 2020 | 03:30hs.

Rodolfo Roque Fessler
Escritor


La noche misionera ampara los silencios y desgarros del monte. Por haber engendro a la selva en el secreto de la sombras, la oscuridad cobija a sus bichos, humedece sus árboles y frutas, ventea sus perfumes y sonidos. Pero, la siesta le discute la paternidad de los miedos, el amanecer la bruma y el crepúsculo algunos de sus más lastimeros aullidos. 
   La terminal de ómnibus está lejos del monte, pero el verano con cielo nublado cerca, muy cerca; húmedo, pegajoso, angustiante. Víspera de lluvias sin esperanzas, como los consuelos del amante despechado que solo trueca una aflicción por otra o siente variar la intensidad de su pena.
-─¿Adónde viaja? Pregunté a mi compañero de asiento.
─- A Eldorado.
─- Yo también, respondí.
   Toda conversación entre desconocidos se inicia con vaguedades. Cualquier asunto baladí es una excusa para conversar; el tiempo, la carestía de los tomates o circunstancias de lugar. Si hay clima se sigue con los nombres, se continua por las rutinas recíprocas y, un poco más tarde, uno termina justificando el materialismo dialéctico y el otro el fin de la postmodernidad. 
   Esta vez fue muy diferente, apenas el colectivo comenzó a moverse, mi acompañante de viaje descerrajó:
─-¿Dígame, cree usted en el Pombero? 
─-¿Creer en el Pombero? Dije sorprendido. ─-No, pero sí creo en el Yasy Yateré. El Pombero, es solo una simpática leyenda popular, no más que  un personaje mitológico, pero, al Yasy Yateré lo he visto cuando yo tenía cinco o seis años y no quería dormir la siesta. Lo recuerdo muy bien con su barba y pelo blancos, camisa clara y un traje a cuadros; un clásico Príncipe de Gales. Sin corbata. Estaba cruzando un alambrado para acortar camino quien sabe a dónde, porque no miraba hacia el lugar en que estábamos nosotros. No era muy alto. Mi prima, que era mayorcita -ya tenía como 17 años- me dijo entonces: “Si no vas inmediatamente a dormir, te va a llevar”. Ella siempre me hacía dormir cuando venía a visitarla un marinerito y si yo le remoloneaba un poco, me apuraba con el Yasy. Pero, un día me enteré que mi abuela le dio caña al Yasy y cuando estaba bien mareado, le sacó el bastón de oro que le daba poderes y lo escondió en un trinchante, en el mismo sitio en que mi abuelo guardaba su aguardiente. Con el tiempo estuve más interesado en el bastón que en el Yasy Yateré, al que no volví a ver. Sin su bastón andaría medio desorientado supongo o tendría temor a mi abuela.
─- ¿Su abuela hizo eso?
─- Sí señor, es que a mi abuela, que se llamaba María Roque, le hacía caso todo el mundo: el abuelo, sus hijos e hijas -que eran nueve- los vecinos, el comisario y el sacerdote. Todos. Era la única que también tenía autoridad sobre el Yasy Yateré y, con sus rezos, sobre la lluvia y el viento fuerte.
─- Lo suyo fue sugestión o confundió al supuesto “Yasy” con cualquier otra persona, retrucó mi nuevo amigo.
─- ¿Sugestión ha dicho? ¿Es usted sicólogo?
─- No, sicólogo no, no creo en esas supercherías. Así que usted dice que vio al Yasy Yateré…¿Y alguna vez vio su bastón de oro?
─- No, nunca, contesté. Aunque sabía que estaba bien guardado porque una vez mi abuelo me dijo que no era conveniente que lo vieran los chicos “porque perjudica a la vista”, y para demostrármelo abrió el cajón -que estaba bastante elevado para mi estatura de entonces-  mientras yo miraba boquiabierto desde mis exiguos seis años de edad. Metió su mano en el cajón y de allí brotó un resplandor como si se hubiera prendido una linterna.
─- Como si hubiera prendido una linterna…
─- Sí, eso, el hueco entero brillaba con una luz de rayos amarillos que caminaban por las paredes y el techo. Del reservado cajón en que mi abuelo guardaba sus tesoros líquidos, partían los haces del bastón reflejando el dorado de la caña y su botella de vidrio verde, pensaba yo. Es lo que ocurre cuando las personas mayores tocan un bastón de Yasy Yateré; se enciende y alumbra.
─- Como una linterna…
─- Seguro, pero el bastón brilla enterito, la linterna solo en la punta. Mi abuelo sacó su jarabe ambarino y volvió a echar llave al bargueño. Pero la luz de adentro seguía brillando, se veía por la rendija. Mi abuelo se dio cuenta por mi mirada fija. Entonces, volvió a abrir la portezuela y metió adentro su mano. En ese momento se apagó el brillo del bastón.
─ - Muy claro todo.
─ - Claro sí y misterioso.
─ - Claramente misterioso entonces. De modo que usted no cree en el Pombero y afirma haber visto al Yasy Yateré y al resplandor de su bastón dorado.
─- Así es, del mismo modo que no vi a Dios pero sí a sus obras y no imagina usted las cosas que he oído…
-─¿Y del Pombero nunca escuchó decir nada?
─- Por supuesto que sí, pero nunca las creí. Yo fui a la escuela ¿sabe? por la tarde y la maestra nos decía que el Yasy Yateré solo andaba a la siesta y que, a la hora en que nosotros salíamos, de tardecita, al Pombero no debíamos temer porque sencillamente no existía, así que salíamos muy campantes, pateando latas o tirando piedras a todo lo que se movía o brillaba, como los vidrios de los edificios abandonados. Todo estaba en su sitio: cuando andaba el Yasy nosotros estábamos a resguardo en la Escuela y cuando salíamos el Pombero no existía.
-─¿Y alguna vez usted pensó en la contradicción que supone creer en un ser mitológico y no en otro?
-─ No hay ninguna contradicción en creer en un ser al cual se ha visto con los propios ojos y no en otro al que no se ha visto nunca y sobre el cual la “mae” ha dicho que no existe.
-─Entonces podemos deducir que usted “sabe” que existe el Yasy Yateré porque lo ha visto y “cree” que el Pombero no existe simplemente porque se lo han dicho. Usted es cabalmente un hombre de fe puesto que no solo cree en lo que ve, sino también en lo que le cuentan.
-─Usted habla en difícil, igual que mi tío que estudió en la capital. Ya sé, usted debe ser doctor o algo así y adivino que ahora me va a preguntar si creo en Dios… y si lo he visto.
-─No, nada de tonterías. No vamos a discernir con eso las insostenibles diferencias de grado entre teología y mitología. Solo quiero preguntarle -ya que doy por sentado que alguien que cree en el Yasy Yateré no debe tener ninguna dificultad en creer también en Dios- si por ventura piensa que el Yasy es una criatura celestial o infernal. ¿La creó Dios o el diablo?
-─Entiendo que a Don Yasy lo habrá creado el diablo, porque dicen que es malo, rapta a los chicos que no quieren dormir la siesta. Sobre todo cuando a las primas de uno las visita algún marinerito.
- ¿Y al diablo quien lo ha hecho?
-─No sé, el mal supongo. Los ateos le quieren culpar a Dios pero…
-─Amigo, los ateos no le culpan de nada a Dios, simplemente lo niegan. ¿Usted es bautizado, digo, ha tomado la primera comunión?
-─Bautizado, comulgado y confirmado y si bien no voy todos los días, los domingos no falto a misa ni aunque vengan degollando.
-─¿Y no le han enseñado en el catecismo que Dios es el único creador de todas las cosas?
-─Pues sí, claro, el único.
-─Bien, entonces Dios también tuvo que haber creado hasta al mismo diablo. De otro modo, concédame, que hay algo que se ha escapado a la omnipotencia divina. Tantas cosas se han escapado en verdad-…le oí decir por lo bajo.
-─¿Usted afirma que Dios hizo a Satanás? pregunté.
-─No lo afirmo, es una conclusión lógica del postulado sobre un único ser omnipotente y creador de todas las cosas…y cosos.
-Bueno, está bien creador de todas las cosas sí, pero tampoco exageremos: una cosa es crear el universo y otra muy distinta crear al diablo y al…¿Pombero? Jajaja…Pero, permítame ¿puedo hacerlo yo también una pregunta?
─- Por supuesto, aunque le advierto que no tengo respuesta para todo.
-─¿Ah, no? Yo creía que los doctores y los abogados, igual que los curas, lo saben todo porque a todo lo que se les pregunta responden…
─- Seguro -me interrumpió- y cada uno contestará una cosa distinta sobre lo mismo y al mismo tiempo a condición de tratarse de aseveraciones incompatibles entre sí. Pero, le aclaro, no soy ni abogado, ni doctor, ni cura; tengo otros defectos, menos procaces por cierto.
-─Claro, porque son muy sabios, como usted, eso se nota a la legua. Pero le quería preguntar ¿Usted cree en el Pombero? ¿Lo ha visto alguna vez? ¿Ha hablado con él?
─- Créame mi querido amigo que así como hay un sol que brilla, hay Pombero y también Yasy Yateré, pues usted lo ha visto, le creo y no pienso contradecirlo.
-─¿También tiene bastón el Pombero? digo porque usted dijo que brilla…
-─No, eso dije del sol.
-─¿Y del Pombero? ¿Qué puede decirme?
-─Nada…
─-¿Cómo nada? ¿No era que creía en él?
─-Es que no quiero repetirle todas las tonterías que se dicen, que es oscuro, petiso, libidinoso y peludo, que le gusta la caña, el tabaco, la miel y esas sandeces, como si no hubiera tiempo pasado, ni historia. Más bien creo que le agrada el chipá guazú y que su postre favorito es la rapadura con queso criollo, pero no le hace asco a un “Veauve Cliquot Ponsardín” ni a la pipa con tabaco “Davidoff”, su chocolate favorito es belga, el  “Gold Ballotin de Godiva” y últimamente solo bebe escocés “single malt de las High Lands”.
 -─Sabía lo de la caña, el tabaco y la miel, pero lo de sandeces y la sardina davidof es la primera vez que oigo.
-─Ocurre que el pombero ya no vive en el siglo XIX, ni tiene trato sólo con campesinos o rústicos chacareros. Con el achicamiento del monte se ha visto obligado, como los indios, a merodear la ciudad. Eso no es gratis; con el alargamiento del día por la luz de neón fue absorbiendo los peores hábitos citadinos. El acortamiento de la noche le obligó a sortear incómodamente ese callejón umbroso que es la senda cada vez más ancha del crepúsculo. Cuando Gaia estira la frazada negra sobre el cansado día, los hombres le descubren los pies encendiendo sus míseras luces. Sus rutinas “pomberiles” cambiaron mucho al frecuentar las bibliotecas y el bar de las gentes de alcurnia. Sus costumbres ya en nada pueden diferenciarlo de un “dandy” escabroso, un aristócrata decadente o de un malevo refinado.
─- Pombero siglo XXI digamos…
      Así fuimos conversando de grandes temas hasta que llegamos cerca de Santa Ana, cuando empezó un temporal muy feo, con lluvia y granizo. Patinado un poco en el barro deleznable con la desvencijada “bañadera” pudimos llegar hasta San Ignacio, pero en una arribada muy fea ya no pudimos seguir: el colectivo cayó a la cuneta.
   Nos quedamos a pasar la noche en la hostería “La Alborada” donde se hacía un “pollo a la leche” único en el mundo; ignoro si esa delicia se prepara en otro sitio. Nos acomodamos cada uno de los pasajeros en su cuarto y más tarde a eso de las veinte horas nos reencontramos todos en el comedor para cenar. Cuando vi a mi amigo creedor en el Pombero le hice señas y vino a sentarse a mi mesa.
-─Mire Don aquí se come…
-─Gracias, me interrumpió, pero yo sólo voy a querer unos tragos de algo fuerte. ¿Sería usted tan amable de pedir por mí?
Doña Pancha en persona tomó nuestro pedido: pollo a la leche para mí y una cañita “Cachapé” para mi amigo. De postre coincidimos en pedir rapadura de batata con queso criollo, que algunos llaman “manchego” para darse ínfulas de grandes gourmet. Una delicia subtropical.
─- La caña está muy fuerte- roncó mi amigo y como no había hielo por la escasez de querosén para la heladera, pedí un poco de miel para endulzarla.
Mi reciente conocido me invitó con su cañita endulzada y mientras servía brillaban en el vaso los relámpagos que aprovechando las ventanas abiertas se colaban para iluminar la escena.
-─Llueve en forma unánime, sentenció
-─¿Qué quiere decir eso? pregunté.
-─Ah, es una frase de don Jorge Luis.
-─Un amigo suyo supongo…
-─Sí, podríamos decir que sí, un amigo al que siempre leo.
─-¿Le escribe con frecuencia?
─- No me escribe a mí precisamente, pero lo leo muy a menudo.
-─Usted sí que es raro don…lee a alguien que no le escribe y cree en alguien a quien nunca ha visto.
-─Mire, habíamos quedado en que el escéptico era yo.
─-¿El qué?
-─Se lo pregunto en estos términos: ¿usted solo cree en lo que ve?
-─Bueno, no soy tan positivista pero por supuesto que sí, por eso no creo en el Pombero, nunca lo vi y como ya le he dicho, la Mae dijo que no existe. En cambio al Yasy…
-─Bien, usted habrá escuchado sobre el origen del cosmos, es decir de la creación del universo y aunque no haya visto el “big bang” cree que eso dio origen a todo…
-─Sí, pero no fue el bin ban ese, sino la voluntad de Dios, que se aburría estando tan solo y fue así como en seis días creó todo lo que existe y el séptimo descansó en las Cataratas del Iguazú, según dicen en la oficina de Turismo. Son muy ruidosas para mi gusto, yo hubiera elegido los Saltos del Moconá, pero no soy creador de universos y además Dios tiene sus arcángeles asesores…
-─Es que no fueron seis días, fue solo un instante. Pero algo salió mal…
-─¿Qué salió mal?
-─Muchas cosas, sobre todo, el mal mismo. No debió ocurrir…
-─No entiendo, dije poniéndome muy serio.
-─Algo falló, pero no me haga caso ¿puede pedir otra cañita?
    Con las “Petromax” oscilantes las sombras bailaban como fantasmas, las tejas crujían bajo la tremenda “lluviarada” y el viento hostigaba a las tablas de las paredes de nuestro tosco albergue.
Mi amigo, cada vez más entonado con los sucesivos vasos de caña con miel, sacó de una lata muy pituca un poco de tabaco y se puso a mascar. A su vez le ofrecí unos cigarros paraguayos “Gracielita” que siempre llevo conmigo. Si no hay caña producen el mismo efecto.
   Grandes bocanadas de humo salían de sus pitadas y, curiosamente, sus ojos se ponían cada vez más brillantes a medida que disminuía el nivel de su vaso y la luz de las lámparas empezaban a declinar al ser devorada por el creciente apetito de la oscuridad. En auxilio de las penumbras acudían a borbotones los relámpagos que en medio de un torneo celeste jugaban a quien brillaba con mayor intensidad.
   Tras una larga bocanada de humo, mi amigo me dijo:
-─Si está dispuesto a escucharme, quiero contarle algunas cosas, pero necesito que me preste mucha atención.
-─Ya todos se fueron a dormir, la lluvia va a continuar, mañana también, así que don, métale nomás que le escucho con todos mis oídos, aunque a decir verdad tengo solo dos.
-─El Pombero que hemos pergeñado, no es necesariamente malo, puede llegar a ser un buen amigo. Si usted no le teme -no tiene porqué en verdad- él es mansito y si se le convida un poco de buen tabaco, miel y aguardiente de calidad, cuidará de los animales y que haya buen pasto. Pero si le pide un favor no debe olvidarse jamás de hacer la misma ofrenda todas las noches durante 30 días, porque si se olvida, despertará su furia y su casa será un vergel comparado con lo que Yahveh le propinó a Job. También debe cuidarse de no pronunciar su nombre en voz alta, ni hablar mal de él o silbar cuando ya es oscuro, eso le irrita mucho. Un roce de sus manos peludas puede hacer que una persona se quede loca, muda o que le dé fiebre. Y por sobre todas las cosas, ni se le ocurra imitar su grito, el Pombero puede contestar de manera enloquecedora. Para no ofenderle, es aconsejable nombrarlo en voz baja o mejor, guardarse de pronunciar su nombre en las reuniones nocturnas y nunca sin antes persignarse. Todos los ruidos nocturnos de la casa, que se atribuyen al viento o a las ratas, son causados por él. Sepa que disfruta mucho   imitando a pájaros de mal agüero. También le agrada merodear a mujeres embarazadas porque supone que él es el padre y de atormentar a madres con bebés que no han sido bautizados. También le place despertar a las mujeres con el suave y escalofriante roce de sus manos para poseerlas. No lo hace cuando están dormidas y sin su consentimiento; a veces las embaraza, pero el hijo que nace se parece generalmente a alguien que frecuenta la casa y nunca al Pombero, para despistar, claro.
Hizo un paréntesis para apurar el vaso y continuó:
─- Si algún cazador mata más presas de las que consumirá, se transforma en cualquier animal o planta y con argucias induce al abusador a internarse en lo profundo de la selva donde lo extravía sin remedio. Su presencia no siempre puede ser advertida, porque su capacidad de metamorfosearse es similar a la del Urutaú. Aunque algunos antropólogos lo ponen en duda, ciertos investigadores han recopilado la creencia de que el Pombero puede embarazar a las mujeres con tan solo apoyar el dedo en su intimidad. 
-─Gueee, ¿todo eso? ¿Cómo sabe tanto de alguien que ni siquiera existe?
-─Lo mismo puede contarse del Unicornio, los centauros, las sirenas o los cíclopes, hasta de los ángeles, si usted me concede, o lo que quiera engendrar la imaginación… y, además, porque enseño literatura fantástica en la Universidad de Yale, que queda en Estados Unidos, de donde estoy viniendo ahora. 
-─¡Pero usted me va a dejar loco! Con razón sabe tanto, si viene de Estados Unidos…-¿Y allá, digo, los pomberos…son rubios? Me imagino que si le doy una buena cañita con cigarro “Gracielita” me dirán Ok, como en las películas…jaja ¿o la gringada le invita Johnny Walker con habanos?
-─Mi colega Harold Bloom dice que “La estupidez es la enfermedad de los Estados Unidos” de modo que no me extrañaría, pero el Pombero es de esta zona nomás. Veo que se han pasado por alto un hecho maravilloso, imprevisto por los distraídos y superficiales estudiosos locales y es que el Pombero aprendió a leer. Curioso y vivaz no tardó mucho en dejar encendido el cigarro en las ventas y llenarse de moscas y grillos los platos de miel que le dejaban en el alfeizar, mientras hojeaba con fruición “Más allá del bien y del mal” y apuraba páginas enteras de Bertrand Russel o se deleitaba con la poesía de Baudelaire. Reía hasta aflojarse las ternillas con los cuentos de Lovecraft o de Poe y se ponía serio con “El hombre sin atributos” de Musil.
   En ese instante -ya era medianoche- apareció la hija de Doña Pancha, que tendría a lo sumo dieciséis años; la criatura más bella que había visto en mi vida. Todo en ella parecía indicar que se había despertado recién. El cabello revuelto y los rulos le tapaban un poco la cara, pero no la hermosa nariz ni la boca más carnosa y bien dibujada que se pueda concebir. El camisón trasparente con el que se aventuró en el comedor apenas disimulaba su inquietante figura dejando que la luz revelara los turbadores contornos de sus pechos, las pronunciadas ondulaciones de su cadera, la redondez de sus nalgas. Ambos quedamos mudos. Mirando. Mirándola.
    Fue entonces cuando mi amigo descreído, creyente en el Pombero, hizo una rara mueca, esbozó una sonrisa muy extraña y su cara pareció transformarse. Por un momento pensé que se había convertido en otra persona. 
No había reparado antes lo increíblemente velludas que eran sus manos y sus dedos.

Fessler es abogado. El presente relato fue publicado en su obra prima “Los blancos dientes de la aurora y otros cuentos”.

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