El circo desde adentro

Martes 7 de agosto de 2018 | 07:36hs.
“Donde quiera que estés, en cualquier lugar”, en el idioma romaní, eso es lo que significa Varekay. El circo, que se encuentra hace un mes en Posadas y es asiduo visitante de la capital misionera, es una empresa familiar. Está formado por la gran familia Ovejero, nacida y criada en circos. Cuando estos artistas crecieron se dieron cuenta que era tiempo de armar su propia carpa. Y así, un 4 de julio del 2008 nace Varekay en la provincia de La Rioja.

El Territorio se metió en la intimidad de la carpa y sus artistas para conocer sus historias y saber un poco más acerca de esta actividad que cautivó a lo largo de tantos años a grandes y chicos.

Varekay también tiene la costumbre de incorporar a los artistas que quieran unírseles en sus paradas por las ciudades del país.

Como es el caso de Silvia Morgenstern, que tenía 8 años cuando vivía en San Nicolás, Buenos Aires, y se unió al circo con sus padres y sus cuatro hermanos. La historia comenzó cuando su papá fue convocado para soldar los palos maestros, y fue ahí cuando se enamoró de la magia de la carpa y sus habitantes. Hacía trapecio, magia, cuerda indiana, trapecio doble con pareja y hoy con 52 años es una de las dueñas de Varekay. Tiene tres hijos y un nieto de 5 meses nacido en Eldorado. “Esto es nuestra vida y nuestro trabajo”, aseguró.

Un mundo mágico
La personas empiezan a entrar y acomodarse. El asombro está reflejado en el rostro de cada peque que ingresa al hall previo al escenario. La función tiene toda las emociones, el asombro y la adrenalina están presentes en cada acto.

El show transcurre en un ritmo en creciente: el dominio del fuego, el suspenso y sobre todo el asombro, que finaliza con el círculo de la muerte, una jaula esférica de hierro donde un motociclista se introduce y realiza piruetas extremas.

Hay algo que se mantiene constante en todo momento mientras se está en el circo y es la sonrisa. El circo te recibe y despide con una sonrisa.

Bienvenidos al circo
Rocío Chilaca (24) es salteña y tiene a cargo el número de altura llamado cuerda indiana y el ula ula. De chica estudiaba en una escuela de circo y actualmente hace seis años que pertenece a Varekay.

Tres años de antigüedad, en tanto, tiene Yanina García (26), que en su General Villegas natal practicaba contorsionismo. Después de ver varias funciones, se entusiasmó y decidió unirse.

Azul Luna (20), de Santiago del Estero, se sumó al circo en enero estando de visita en Iguazú. “Hago de Frozen, miré muchas veces la película con mi hermanita y ahora en el circo tengo ese personaje. Me encanta la vida en el circo, viajar y conocer a la gente de cada lugar”, destacó la joven.

“Una vez pasó un circo por mi pueblo, Sobradinho, Brasil. Me hice amiga de los chicos que trabajaban ahí sin conocer la actividad de un circo, me invitaron a visitar y me quedé. Me uní a los 16”, contó por su parte Karine Ian (38), que hace anilla olímpica y pasó más años de vida en el circo que en su pueblo. Hoy tiene dos hijos que nacieron en giras, Ismael (18) que nació en Jujuy y Amancai (5) que nació en Paraná. “Tener una familia en el circo es igual que tener una familia afuera, salvo que nuestra casa tiene ruedas”, comparó.

El lunes, Amancai empieza la salita de 5, y el pase especial, creado en la época de Perón, permite que ella y todos los niños que viven en un circo puedan seguir sus estudios en cualquier escuela pública.

Por su parte, Matías Ovejero (32) nació en Mendoza cuando sus padres pertenecían Lowandi. “Al año mis padres se separan y me fui a Bahía Blanca. Con el tiempo mi mamá me contó que mi papá trabajaba en un circo y que hacía contorsión y a los 12 años lo conocí. Con mi hermano Lucas lo veíamos en vacaciones y la vida de circo me atrapó”, contó el hombre.

Alegría y distracción

“Cuando el circo llega a una ciudad genera curiosidad por saber cómo vivimos y de donde venimos, cuánto viajamos, nosotros somos como un barrio chiquitito, 40 personas que viajan juntas. Cada casa rodante es un mundo aparte, es una familia independiente, llega la hora del espectáculo y nos reunimos para trabajar”, contó Martín Dresdner (34), equilibrista del monociclo (bicicleta de una rueda), además de motociclista en el globo de la muerte y relaciones públicas de Varekay.

Nómades, con una variedad de historias de amor, los integrantes coinciden en que “una vez que pisás el escenario no te vas más. Esta pasión atrapa, es vivir del espectáculo”. En esa misma línea agregaron: “El que viene al circo no se quiere ir, nosotros que nacimos en esto no podríamos estar estables en un lugar porque nos gusta movernos”.

Pasan once meses al año viajando juntos, trabajando, perfeccionándose y creciendo. En diciembre vuelven a su lugar de origen para compartir las fiestas y en enero se reúnen en un pueblo para armar la primera función.

“El espectáculo del circo ha sido y sigue siendo el show más sano que existe, porque viene toda la familia, desde niños a abuelos, donde no hace falta tapar los oídos ni los ojos, porque está pensado para la familia”, destacó Martín.

Mientras exista la sonrisa de un niño, el circo no morirá jamás. Y es ella, la sonrisa, la que está representada en el portal de bienvenida de Varekay.

El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina