El olvido - El Territorio Misiones

El olvido

Domingo 26 de julio de 2020 | 01:30hs.

Rodolfo Roque Fessler Escritor

“Generalmente las memorias se escriben cuando uno ya no se acuerda de nada”
Gabriel García Márquez

Conservaba destellos de opaca lucidez para escarbar en sus póstumas obsesiones. Su vida había sido intensa y oscilante entre dos extremos: engorrosas cavilaciones para los asuntos serios y severos entusiasmos por todo lo trivial y libertino. Sus extensos años, herrumbrándose y corroídos por lugares comunes y medianías, fueron minados con las extendidas vulgaridades de todo varón sin relieve. Sus aficiones comunes eran propias de la infinita franja de hombres a quienes más que nada en el mundo le interesan: las mujeres, la juerga, el tabaco, el alcohol…y el fútbol. En orden inverso.

Podría llamarse Miguel o Alberto, poco importa, pero menos importan sus intereses y manías, exactamente iguales a la de cualquier tipo que también se llama Miguel o Alberto.
En raras ocasiones pensaba en el infinito, el amor, la muerte; palabras que escuchaba pero que no entendía muy bien. Si le preguntaban sobre el amor respondía: “Es lo que se siente por una mujer” y, entiéndase, sentir algo por una mujer es desearla sexualmente.

 

¿Y la muerte? “Ah, eso es cuando te morís viejo. Cuando se termina todo”
Nos queda el infinito… ”¿El infinito? Es lo que no termina nunca ¿viste?”
Jamás pudo concebir la diferencia entre eterno e inmortal. Como casi el noventa y ocho coma nueve por ciento de la especie.
Sorteaba sus últimos días rumiando los motivos que le impulsaban a recordar algunos hechos con mayor precisión y frecuencia que otros. Obligado por el médico y las flojeras había soltado la mano al tabaco antes que al whisky, pero los huéspedes muy frecuentes nunca se van del todo y ambos dejaron la impronta de su asiduidad; uno sus pestilencias de averno y el otro sus solideces hepáticas.
No le preocupaban las razones filosóficas o la química cerebral, sino rudamente la naturaleza de nuestras preferencias mentales. Sin mucha elaboración ni rigor conceptual entendía y filosofaba a su manera, que el género era la muerte y que la vida era una excepción absoluta, una especie de fugacidad temporal que se extiende entre la nada que hay desde siempre y para siempre.
“Sobre la muerte no hay nada que decir, porque muerte es todo lo que hay, pero esto que está ocurriendo ahora, en este instante, esto que se palpa y huele, que se oye y se ve que llamamos vida ¿Qué es?” decía mientras inconscientemente desbrozaba giros epicúreos: “La muerte no debe interesarnos, porque mientras estoy yo ella está ausente y cuando ella llega el que ya no está soy yo. El problema es la vida ¿sabes? Con la muerte no hay nada que resolver loco”.
Los recuerdos y la filosofía de cancha de fútbol eran el madero de náufrago que lo mantenía a flote en el insondable océano de la vida. No hablaba en sentido figurado cuando decía: “El día en que no pueda recordar algo importante moriré. A esta altura, recordar es lo único que soy capaz de hacer”.
Así ocurre cuando las noches ya solo sirven para dormir. A duras penas.
La buena memoria heredada de su padre era aún remarcable a pesar de los estragos del colesterol. Reconcentrado en recuerdos que se agrupan en el vecindario de las fijaciones, una tarde fresca y otoñal, exhumaba unas cartas escondidas en lo más recóndito y las examinaba detenidamente; una a una de frente y vuelta. Fue hurgando en ellas con la fruición de un fraile que se regodea con un rosario nuevo, recibido con bendiciones de las manos de un Pontífice el día de su elección.
Con algunas líneas comprobó una de sus tesis más celebradas: hay formas de felicidad en ciertos recuerdos que no son posibles sin lágrimas, esa agua salobre que baña tanto el pesar como las alegrías más delicadas.
Decenas de rostros y contornos femeninos fueron surgiendo de los papeles amarillentos. De cada hoja emergían momentos estelares, perfumados y viscosos, generalmente nocturnos, sin que faltaran los anémicos atardeceres, alboradas llenas de vahos y bostezos, pliegues de sábanas o piel con arena de los amores furtivos. Sus amoríos fueron sabia y prudencialmente efímeros como para no volverse muy pronto carentes de todo encanto. La experiencia y los años no lograron, sin embargo, disipar una de sus pocas dudas; –los hombres poco ilustrados no suelen tener ninguna- si la fugacidad de sus relaciones amorosas se debía a una inmadurez irredimible o eran fruto de inestabilidad emocional.
Aunque no era de perfil intelectual, exploraba y frecuentaba a decenas de mujeres suspirando por una a quien amar no solo con el cuerpo y el alma, sino también con la inteligencia. Rebuscaba a una mujer inteligente quizá para compensar sus propias carencias, pues, solo un hombre de pocas luces puede creer que una mujer inteligente se fijaría en un hombre tan opaco, básico y corto.
Leyó y releyó la vieja carta de Mili. La caligrafía era exquisita. Los trazos decididos denotaban un carácter firme y una personalidad de gran determinación. En la gracia de sus deliciosas mayúsculas podía entreverse un alma expansiva y a la vez tierna y generosa. ¡Qué hermosa era la letra de Mili!
El lacónico texto no era importante, más que una carta de amor era en verdad una simple esquela. Muchas veces una esquela dice infinitamente más que una carta de catorce folios. “Mi amor: Te espero donde siempre y a la hora que acordamos. No olvides que tendré poco tiempo, pero apenas llegues seré tuya con toda mi alma. Te adora. Mili”. Sin fecha. Las esquelas no llevan fecha. Ni por todos los diablos habría advertido las debidas concordancias de género y número con que apuran las gramáticas, pues, quien comienza diciendo “Te espero” no puede concluir diciendo “Te adora”. Una persona más y tenemos al Espíritu Santo.
El viejo estrujaba sus arcanos de calavera sin encontrar un punto del anecdotario de disipación que diera con Mili. Tomándose la cabeza con ambas manos no lograba asociar a Mili con nada. Mili no recordaba una tarde, ni una lluvia, ni una siesta o una melodía. Mili no era un perfume y tampoco una voz. ¿Quién era Mili? ¿Cómo era su sonrisa? Siempre recordaba a las mujeres por su risa o sonrisa. Imaginaba y prefería que así también lo recordaran a él.
Todo esfuerzo de la memoria era vano y terminó como la zorra despreciando las inalcanzables uvas: “Con Mili no hubo nada, por eso no recuerdo nada”. Esta sentencia convertía a Mili en una cita frustrada, una promesa incumplida. Una pasión indigna de recuerdo. La granítica lógica era imbatible; no es posible recordar lo que no ha ocurrido, aunque con eso se derriben todos los credos literarios que consienten amar a seres imaginarios. La capacidad de adorar personajes de ficción -¿quién no se ha perdido con Emma Bovary o llorado la muerte de Jean Valjean?- no es incompatible con el recuerdo de emociones que solo se han presumido. Pero ¡la letra era tan familiar! La escritura tan conocida se correspondía quizá con un estereotipo muy convencional y divulgado. ¿Es la que emplean en los cuadernos de caligrafía?
¡Maldita sean la esclerosis y la artritis! Ambas confluyen en despropósitos equivalentes; una quitando la memoria y la otra evitando la concentración. Sumido en esa pastosa mezcla con partes iguales de laguna y dolor, ¿Cómo recordar quién diablos era Mili?
Sería inútil recurrir a los amigos; los de mayor confianza ya estaban muertos, aunque eran quienes cumplirían a la perfección las condiciones necesarias en estos menesteres: limitarse parcamente a festejar las cuitas –con elogios de esos que aluden a la madre- y no abrir la boca como no sea para subrayar con énfasis algunos detalles de la aventura; con renovadas menciones a la progenitora. Los demás, vivos y apenas tolerados, conformaban esa lúdica caterva que tiene la habilidad de descomponer todo cuanto se les confía, especialmente cuando se tratan de asuntos poco ventilables o que requieren de gran comedimiento.
¿Acaso Mili era una mujer casada? ¿Con quién?
Cuando ya estaba oscureciendo, el viejo llegó finalmente a convencerse de que Mili era solo un mal recuerdo, que había alguna oscura razón para haberla olvidado a pesar de que tan solo su letra bastaría para recordarla sin fisuras. ¡Su letra! Alumbraba con una luz inmisericorde, sin embargo, insuficiente para aclarar los escondrijos más tenebrosos de la memoria.
¿Por qué era capaz de recordar a mujeres que no fueron más que una siesta, aunque sin saber si calurosa o fría; una sola noche ¿estrellada o nublada? qué importa; un zaguán en penumbras y con barandas muy apropiadas; una madrugada etílica sin que cuente si de cerveza o whisky; el asiento trasero de un auto sin recordar de qué marca y modelo; la última fila en un cine sin tener idea de la película…pero ¿qué diantres pasó con Mili? ¿Cómo no saberlo cuando se es capaz de recordar algunas prendas rosadas o semitransparentes y con voladillos, pero sin el rostro de su dueña? Las dimensiones y tonos de ciertas aureolas escondidas que solo servían para saber que pertenecían a una rubia o a una morocha, pero nunca sus nombres…Pero de Mili nada, absolutamente nada.
“Te espero donde siempre…” es decir donde hubo cierta frecuencia o más de una vez. “Donde siempre” es un lugar reiterado. Si la vez hubiera sido única hubiese tenido otro giro: “donde nos vimos la última vez” quizá. La última puede ser también la única, pero “el lugar de siempre” era inequívocamente “el lugar donde solemos encontrarnos”. Entre maldiciones se devanaba así los sesos el anciano que imprecaba a todos los avernos por no haber puesto mayores precisiones en las notas que guardaba con el celo propio de un fetichista consumado. Las correrías muy vastas no son totalmente almacenables en la memoria, que por cierto, es rencorosa y mezquina; solo asiste a los requerimientos insistidos, a la pleitesía habitual. Es como una mujer; si no la frecuentas te olvida. Con toda lógica y justicia.
Por la ventana abierta de la biblioteca ingresó una ráfaga fría y polvorienta que desordenó la irregular pila de cartas, tarjetas y esquelas -desparramadas sobre el escritorio del viejo- quien no alcanzó a advertir que uno de los papeles escapó por la ventana y tras aletear como una mariposa herida fue a posarse entre las espinas de una rosa del jardín de la planta baja.
El viento estuvo muy frio ese día y la ventana demasiado tiempo abierta.
La tos sobrevino súbita y atropelladamente, entorpeciendo y retardando el regreso de los escritos a su escondrijo de madera. Solo la fatalidad, a punto de convertirse en insomnio evitó que Mili también se convirtiera en delirio, pues esas toces fueron las últimas.
La noche se elevaba persiguiendo a la fiebre que también ascendía acosada por tenaces formas de desvarío. A la madrugada cesó la tos y sobrevino por fin la calma… eterna.
El día posterior al sepelio del viejo, el jardinero realizaba su labor cotidiana. Tomó con sus manos enguantadas un papel que afeaba el rosedal y haciendo con él un bollo diminuto, lo metió en el saco de residuos.
Aunque hubiera leído su contenido, jamás le hubiese dado la menor importancia. Era una simple esquela escrita con tinta azul y con letra que, aunque vacilante, era de rotunda belleza. El escueto papel decía: “Escuché que va a hacer frio más tarde, no te desabrigues. Voy a casa de Nuncia y no regreso hasta la noche”.

El relato es parte del libro "Los blancos dientes de la aurora y otros cuentos"


El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina