La Poseída - El Territorio Misiones

La Poseída

Domingo 5 de julio de 2020 | 00:30hs.

Hugo Mitoire
Escritor

María Laura era una chica normal, llevaba una vida como cualquier otra chica del barrio, tenía catorce años y cursaba el segundo año de la escuela secundaria. Un día, empezaron a sucederle cosas extrañas y su vida comenzó a cambiar para siempre.

La primera cosa rara que sintió, fue una desconocida sensación en todo el cuerpo, que la hizo estremecer y poner la piel de gallina. Era de noche y ya hacía unas dos horas que se había acostado, pero no se podía dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama, hasta que empezó a sentir eso. La sensación era como si alguien estuviera adentro de su cuerpo y le ordenaba hacer los movimientos. Se daba cuenta que sus brazos, sus manos y sus pies se movían sin que ella quisiera moverlos. Sacaba la lengua sin que tuviera ganas de sacar la lengua. Duró unos instantes, unos segundos, y después quedó como cansada, con mucho sueño y se durmió.

Al otro día en el colegio, se acordó de lo que había sentido y pensó que tal vez solo le pareció, o quizá lo había soñado. No le dio importancia.

Hacia el anochecer empezó a sentirse cansada, con un nudo en la garganta y tenía mucho miedo, pero no sabia a que, ni a quien. Le dieron ganas de llorar y se encerró en su pieza. Empezó a llorar, y sintió que su llanto no era el mismo de siempre, escuchaba su propio gemido, pero... era muy extraño, el tono era más grave, como el de un hombre y… esto sí que le dio miedo. Se lo contó a su mamá, pero esta le dijo que no tuviera miedo, que eso era normal para la edad. A lo mejor estaba nerviosa por la escuela o por alguna otra cosa, que se quedara tranquila y pronto pasaría todo.

Esa noche la pasó muy mal, porque dormía un rato y se despertaba sobresaltada, con miedo, con mucho terror... pero no sabía a que, o mejor dicho, tenía miedo a todo, incluso a ella misma... a su cuerpo. Sentía la rara sensación de que en su cuerpo pudiera existir algo malo, como si temiera que de su cuerpo pudiera salir algo.

Los días fueron pasando, y esas sensaciones no la abandonaban. Sus padres decidieron llevarla al médico, y este luego de revisarla y hacerle varios análisis, les explicó que la chica no tenía nada para preocuparse, solo una leve anemia y parásitos, pero con unos jarabes se solucionaría todo.

Las sensaciones se acrecentaron, no solo que se repetían más de dos veces por día, sino que duraban mucho más que al principio. Ella ya no quería estudiar ni concurrir al colegio. No se reunía con las amigas ni quería salir a ningún lado. Los padres decidieron entonces llevarla a un psicólogo, quien luego de entrevistarla varias veces, informó que la chica estaba atravesando una crisis propia de la edad, pero que no había nada de que preocuparse.

Y entonces, sucedió un hecho muy diferente a todo lo que hasta ese momento venía ocurriendo. Una noche, que María Laura estaba en su pieza, muy angustiada y pensando en todo lo que sentía, fijó la vista -sin darse cuenta- en un pequeño florero que estaba en la repisa de los libros. No podía apartar la vista de ese objeto, algo poderoso le hacía mantener firme la mirada, hasta que de repente, el florerito estalló en mil pedazos. La chica pegó un salto en la cama y gritó aterrada, acurrucándose en una de las cabeceras. Empezó a llorar a los gritos mirando desesperada a su alrededor, y cada cosa que miraba, estallaba o la hacía saltar en el aire. Cerró los ojos y se llevó las manos a la cara, gritando y suplicando ayuda.

Cuando los padres y hermanos entraron corriendo a la pieza, vieron el desorden de cosas rotas y desparramadas por todas partes. Ella acurrucada contra la mesita de luz, miraba aterrada con el llanto incontenible.

Después que se tranquilizó, contó lo sucedido y todos la escucharon en silencio. Nadie creyó que rompió las cosas con la mirada; pensaron que quizá tuvo un ataque de nervios y empezó a romper y tirar todos esos objetos. 

Como suele suceder en el campo y en los pequeños pueblos, enseguida comenzaron a opinar los familiares y vecinos de la familia. La opinión de la mayoría de estos, fue que a la chica le habían hecho un mal, un daño o una maldición. Aconsejaron a los padres, que los médicos o psicólogos no resolverían nada, que lo mejor sería llevarla a una curandera.

Ante la desesperación por ver sana a su hija, los padres decidieron llevarla a la curandera del pueblo. Esta, después de ver a la chica, de revisarle las uñas y los ojos, se persignó, elevó unas extrañas plegarias y le trazó en la frente, una cruz con los dedos. En ese momento, la chica lanzó un alarido y vomitó y empezó a gritar y chillar descontroladamente. Tanto los padres como la propia curandera, se pegaron un terrible julepe y trataban de tranquilizar a la pobre chica. Cuando todos se serenaron, la curandera salió del recinto y le hizo una seña al padre para que la siguiera. Ya en el patio, la curandera con mucha preocupación y temblando, le habló,

-Su hija... su hija está poseída.

-¿Queee? ¿Qué dice...?

-Si, don Padilla, su hija tiene El Diablo adentro... –dijo con la voz quebrada al tiempo que se persignaba al nombrar la palabra Diablo y sin dejar de temblar.

-¡¿De donde sacó eso?! ¿Qué es eso del Diablo? ¡No me venga con esas cosas! Esto debe tratarse de algún daño o de alguna envidia, de alguien que no la quiere y por eso la trajimos aquí, para que la cure...

-Ojalá pudiera don Padilla... ojalá pudiera. Pero créame, una sola vez he visto una cosa así, hace veinte años y... era exactamente igual. El poseso siempre reacciona contra cualquier símbolo o señal de Dios y por eso, cuando le hice la cruz en la frente, se desató ese ataque ¡Dios mío! ¡Que tragedia!

El hombre empezó a comprender la terrible desgracia que significaba todo eso. Comenzó a temblar y se descompuso. La mujer le acercó una silla y un vaso de agua. Cuando se tranquilizó, la curandera comenzó a explicar en que consistía esa terrible situación,

-Mire don Padilla, a su hija no le hicieron ningún daño, ni es una maldición o envidia. El de las profundidades... tomó el cuerpo de María Laura y sabe Dios como puede terminar todo esto... Yo le aconsejo que lo mejor, y creo que lo único que pueden hacer, es llevarla a una iglesia para que la vea algún cura, alguno que sepa enfrentar al Señor del Averno –dijo la mujer, que no quería nombrar la palabra Diablo.

El hombre empezó a llorar en silencio y con la voz entrecortada y temblorosa, preguntó,

-¿Me está diciendo que... hay que hacerle un exorcismo...?

Y la mujer bajó la cabeza, junto sus manos y empezó a rezar.

Desde ese día, la familia y toda la parentela, se pusieron a preguntar y averiguar, donde podría haber un cura capaz de enfrentar al demonio.

Pronto dieron con uno. Era un cura de la parroquia de un pueblo cercano. Según supieron, había llegado hacía poco desde el sur del país y tenía mucha experiencia en exorcismos. Y los padres con dos parientes más marcharon a verlo.

El cura era un hombre de unos sesenta años, de mirada muy buena, sus ojos transmitían mucha serenidad. A los padres les cayó bien esa primera impresión, y enseguida se pusieron a contarle todo el asunto. Luego de escuchar el relato, y sin hacer ninguna pregunta, el cura dijo,

-No hay ninguna duda. Está poseída. Tenemos que empezar lo antes posible porque sino... después será demasiado tarde.

-¿Quiere que la traigamos mañana? –preguntó angustiado la madre.

-No. Las primeras sesiones deben hacerse en la casa. Pero si la posesión es muy fuerte, tendremos que traerla a la capilla –respondió el párroco.

-Y... ¿cuándo podría ir usted...? –interrogó de nuevo la madre.

-Mañana mismo. La chica no debe saber nada de esta conversación y mucho menos, que iré a verla. Aunque...

-¿Aunque qué, padre...? –preguntó la angustiada madre.

-Creo que a esta altura, si ya no lo sabe, lo debe estar presintiendo...

-No puede ser. Nosotros no le dijimos a nadie que veníamos a verlo.

-Recuerde que es El Diablo el que habita el cuerpo de su hija. Sus poderes son increíbles.

Al día siguiente, a eso de las siete de la tarde, la chica comenzó a sentirse muy mal. Gritaba e insultaba a sus padres y hermanos. Rompía cosas con las manos y la mirada. Saltaba, pataleaba y quería salir corriendo de la casa. Tuvieron que atarla a la cama y darle un sedante. Nunca la habían visto tan alterada. Enseguida comprendieron la razón: estaba percibiendo algo. Sin dudas, el ente diabólico que la poseía, ya sabía que alguien venía a enfrentarlo, a intentar sacarlo de ese cuerpo.

Cuando el cura golpeó la puerta, la chica despertó violentamente, rompiendo las amarras, dando chillidos inhumanos y desgarradores. Convulsionaba y vomitaba. Y en medio de todo ese despelote, insultaba a sus padres y hermanos, a Dios y a todos los poderes del cielo. Decía cosas, que los padres jamás hubiesen podido imaginar, las más hirientes y terribles que puede decir un hijo a sus padres.

El cura caminó hacia la pieza, y los gritos e insultos de la chica aumentaron. Y en el momento que traspuso la puerta, sucedió algo realmente increíble. La chica comenzó a flotar sobre su cama, retorcía su cuerpo de manera imposible, transfigurando su rostro, mientras de sus ojos brotaba sangre y lanzaba un líquido verde por la boca. La voz, era completamente gutural, profunda y amenazante.

Los padres y algunos familiares que estaban alrededor de la cama, lloraban, suplicaban y rezaban, mientras trataban de sostener a la chica sobre la cama.

Ahora, los insultos guturales eran para el cura. Le decía cosas que tenían que ver con su pasado, cosas terribles sobres sus padres y hermanos. El cura empezó a lagrimear de dolor, porque estaba sorprendido y aterrado, y porque todo lo que el ente decía... era cierto.

Sin perder tiempo, elevo la cruz metálica que colgaba de su cuello, apuntando a la chica e iniciando una plegaria antisatánica al tiempo que la salpicaba con agua bendita. Esto volvió a enloquecer peor aún a la posesa, que rebotaba en la cama, se retorcía, chillaba y vomitaba, mientras todos los familiares se desesperaban por rezar y sostenerla.

Y así, en medio de todo ese despelote estuvieron alrededor de media hora, hasta que la chica se desvaneció. La llevaron a otra pieza, la limpiaron y la acostaron sobre la cama de su hermana. El cura habló un poco con los familiares, dio algunas recomendaciones y luego se marchó.

Las sesiones se repitieron diariamente durante una semana, a la misma hora, y más o menos con la misma duración. Entonces, el cura decidió que las próximas debían realizarse en la capilla. El demonio –explicó- estaba muy aferrado y firme en el cuerpo de la chica, y era necesario llevarlo a un lugar sagrado, como la iglesia.

Llevarla a la capilla, significó otro suplicio para la pobre familia. La chica (y el demonio que tenía adentro) reaccionaba cada tarde cuando comenzaban los preparativos para salir. Esa casa se transformaba en un loquero, a la hora de la partida. En el viaje, tampoco paraba de gritar, patalear e insultar. Y esa locura aumentaba a medida que se acercaban a la iglesia, que llegaba a su punto máximo, cuando estaban a punto de ingresar. Los vecinos y la gente del barrio, se acercaban por curiosidad, por miedo o para rezar en solidaridad.

Cuando lograban introducir a la chica a la capilla, los ayudantes del cura comenzaban a caminar por todo el recinto, agitando los tarritos de bronce que largan humo, y otros, esparcían agua bendita. En ese momento, los aullidos, insultos y contorsiones de la posesa, eran algo indescriptibles.

Puesta frente al altar, y sujetada por varios familiares y voluntarios, el párroco iniciaba el exorcismo. Primero una plegaria salpicando agua bendita, luego levantaba el tono de voz, a medida que el demonio le gritaba o discutía cosas, con esa voz gutural que hacía temblar a todos los que presenciaban el acto. Le apuntaba con la cruz, le mostraba imágenes de Jesucristo, de la Virgen y de los ángeles. En ese momento, la locura y furia del demonio llegaba a un nivel espeluznante.

Al cabo de una hora, la sesión terminaba, y la chica quedaba exhausta, igual que todos los presentes.

Estos actos se repitieron diariamente unas dos semanas, y parecía que todo tendría un final feliz. Según el cura, había claros progresos en las sesiones y aseguraba que pronto libraría a ese cuerpo del demonio.

Un domingo a la mañana, el cura amaneció muerto en su cama. Lo encontraron abrazado a una Biblia y un crucifijo. Según el médico que siempre lo atendía, solo sufría de una leve presión alta y quizá ese fue el motivo de su muerte, conjeturó. 

La familia de la chica quedó aterrada y desmoralizada, y al cabo de dos o tres días, la llevaron lejos de allí, a otra provincia o tal vez a otro país.

Nunca más se supo de María Laura.

El relato pertenece al Volumen 4 de los Cuentos de Terror para Franco. Hugo Mitoire. Editorial De La Paz. Resistencia – Chaco. 2010

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